Uno

Éste es uno, con Tintin y Milú, grandes personas humanas y animales que me acompañaron en mi infancia.















En esto creo:

Creo que el vuelo de una mariposa aquí podría desatar una tormenta allí.

Creo en la creatividad y la imaginación como motor de todas las cosas, e intento aplicarlas en todo momento.

Creo en la curiosidad como herramienta, en el cambio permanente y las capacidades naturales de cada persona, que hay que descubrir.

Creo que ayudo a personas, y que ese trabajo social me satisface.

Creo en una cultura de emprendimiento y en la transmisión de valores culturales a los demás.

Creo en la autonomía personal y en el desarrollo de la libertad como eje de una vida plena.

Creo que hay mentes maravillosas llenas de ideas encerradas en cerebros pequeños, y cuerpos atados por nudos mentales que hay que liberar.

Creo que el extracto en mi perfil de LinkedIn puede ser el lugar perfecto para explicar qué soy, qué quiero y cómo voy a hacerlo, como estoy haciendo ahora mismo.

Creo necesarias herramientas como el cronograma vital, los diarios personales, las TIC o el currículum visual para entender qué queremos mostrar.

Creo que un resumen como este puede ayudar a explicar que cada persona tiene uno o varios objetivos, que puede lograr a través de unos valores personales y unas competencias profesionales y técnicas, y que eso es más importante que los títulos y experiencias.

Creo que es necesario un equilibrio entre objetivos profesionales y vocacionales.

Creo que ayudo a los demás demostrando que es necesaria una continua revisión de qué podemos hacer, y que esa capacidad ayuda a valorarnos profesionalmente.

Cuando observo volar a una mariposa me pregunto qué pasará mañana.

En eso creo.


Dice el gran José Luis Sampedro: "Mire usted, la educación que hay ahora es para crear productores y consumidores, nada más. En cuanto el niño empieza a hablar empiezan a indoctrinarle, a enseñarle el pensamiento único, el dogma. Las palabras clave del mundo oficial de hoy, lo que quieren que aprendamos son productividad, competitividad e innovación. Pero en vez de productividad, la palabra es vitalidad. Y en vez de innovación, es conservación. Y en vez de competitividad, es cooperación. Habría que pensar en asociarnos, vivir pacífica y apaciblemente en este mundo porque esta es la vida que tenemos que ejercer y desarrollar. Para mí, la educación sería rectificadora de la actual: educación que conduzca a saber vivir en armonía con la naturaleza porque somos naturaleza”.



Esto soy yo:

Mi familia viene de artesanos, por las dos partes, paterna y materna, gente de campo que se pasa a la ciudad a montar industria con las manos en los primeros años del siglo XX.

Sospecho que en los siglos anteriores mis ancestros pasaron penurias de las malas como proletarios rurales que eran, hambre de verdad, generaciones de hambre, analfabetismo y privaciones, abuelos pobres, viviendo con hijos y nietos pobres, sobrinos, primos, suegros, todos pobres, al igual que el 99% de las personas que habitaban el mundo hasta hace unas pocas décadas. Pero felices y optimistas, si no, no hubieran sobrevivido. Eso no me hace mejor que los demás en nada, ni siquiera éticamente. Me hace consciente y fuerte, porque soy descendiente de los supervivientes de aquellos siglos de guerras, peleas, pobreza, carencias y enfermedades, al igual que todos los que estamos vivos. Eso lo dice Darwin en el primer párrafo de su libro sobre la supervivencia de las especies.

Sé que donde está el veneno está la cura, así que junto con la miseria también heredamos valores: dignidad, tesón, capacidad de aguante, creatividad, y todo eso nos tiene que servir ahora. Todos los que habitamos el mundo somos los descendientes de los mejores de la especie humana, que en siglos y milenios anteriores pudieron salir adelante en circunstancias extremas. Y somos la prueba de la capacidad del ser humano de superar las adversidades. Mírate en el espejo: la abuela de tu abuela, que nació en 1890 se parece a ti porque la has visto en una foto. No había agua corriente en las casas, ni electricidad, se paría en condiciones dantescas, la única fuerza personal era la bruta, las manos, la carga, nadie leía nada porque nadie sabía leer, para poca cosa práctica podía servir en un mundo tan vertical. Apenas había comida, de cada tres niños uno moría. Eran los tiempos de la abuela de tu abuela, tampoco está tan lejos: es tu tatarabuela. Haz el árbol genealógico, eres tú hace 125 años.

Por la parte paterna, molineros y panaderos de Zambra y Lucena, que por circunstancias y aventuras vitales acaban trabajando moliendo harina en El Fondón, uno de los más grandes y prósperos molinos de harina de Cabra en los años 30, molían grano de la campiña cordobesa con la fuerza del agua del río, al igual que otros quince o veinte molinos que formaban el gremio y que distribuían su mercancía en los pueblos de la comarca. Posteriormente abrieron una panadería en el barrio del Cerro, donde pasé buenos años viendo a mi padre, a mi tío y a mis abuelos como fermentaban las masas y se cocía poco a poco el pan caliente.

Por la parte materna valenciana, gente artesana que hace velas de cera, y tras la guerra civil de 1936-1939 abre camino en otros horizontes para exportar un modelo de fabricación industrial que ya tenía éxito en su zona rural, Benisoda y Albaida, en Valencia. Se trasladan a Andalucía, donde establecen una fábrica de velas en Cabra, Córdoba, que luego deriva en dos empresas, Guerola y Ridaura. Sigue funcionando actualmente la de mis primos, Cerería Ridaura.

De esto, de un panadero del sur de Córdoba y de una maestra de escuela valenciana, y de todos sus ancestros, de judíos, moros y cristianos, de esa mezcla vengo yo.