Ser un personaje de ficción

De poder elegir ser alguien ficticio me gustaría convertirme en una persona que tuviera una mezcla de la libertad absoluta de Pippi Langstrump, la locura justiciera de don Quijote, el respeto por los demás de Huckleberry Finn, el afán de ver mundo de Tintín, la necesidad de respuestas de Rouletabille, el concepto de honor de Hamlet, la rapidez analítica de Sherlock Holmes, la capacidad de entendimiento de Frankenstein, el pulso periodístico de la rana Gustavo, la inteligencia científica del capitán Nemo, el valor sencillo de Astérix, las ansias de comer de Obélix, el erotismo misterioso de Madame Bovary, el poder disuasorio del príncipe Genji, la fuerza amorosa de King Kong y las inocentes ganas de descubrir el mundo de Alfanhuí.


Si intercambiamos los caracteres quizá salga algo peor, pero también me conformo, porque el mundo de los sueños está íntimamente conectado a la realidad, no a la de la tele o los periódicos, a nuestra realidad, lo que querríamos ser. Por eso es tan importante la literatura, porque al descubrirnos lo que nos gustaría ser, nos obliga a ver lo que en realidad somos, y a menguar esa diferencia (si queremos, claro).